En comunicación, menos es más: la trampa de quererlo decir todo (y cómo evitarla)
Imagina esta “película” en tres escenas:
Primera escena: Estás en una reunión y alguien te pregunta qué opinas sobre un proyecto.
Segunda escena: En vez de responder con una idea clara, terminas compartiendo todo tu proceso mental: los pros, los contras, las excepciones, el contexto histórico del tema y hasta una anécdota relacionada.
Tercera escena: Cuando terminas de hablar, la persona que preguntó ya no recuerda cuál era tu punto.
¿Te suena familiar? No estás solo. Pasa en reuniones, en presentaciones con diapositivas repletas de texto y en entrevistas de trabajo donde, con tal de demostrar que sabemos del tema, seguimos hablando mucho después de haber hecho el punto.
Así mismo sucede en podcasts, contenidos para redes, pitches de negocio, etc.
De hecho, esta era la preocupación de una ejecutiva que entrenamos recientemente en EL LOCUTORIO. Nos expresó como se le desconectaba su audiencia en distintos escenarios, al parecer, por tratar de contarlo todo al tiempo.
Y es que es uno de los errores de comunicación más comunes y, curiosamente, casi siempre nace de una buena intención: querer ser útiles, completos y claros. El problema es que, muchas veces, logramos justo lo contrario.
Esto es un resumen de lo que aplicamos con esta clienta para que sea consciente del momento y el tiempo disponible, y así ajustar su mensaje adecuadamente.
La trampa de querer decirlo todo
Cuando algo nos importa, tendemos a pensar que más información equivale a más claridad.
Si conocemos bien un tema, queremos compartir el contexto, los matices, las salvedades… todo lo que hace que nuestra respuesta sea “completa”.
El resultado suele ser el opuesto al que buscamos.
En lugar de ayudar a la otra persona a entender, la obligamos a hacer un esfuerzo extra para descubrir qué parte de todo lo que dijimos es realmente importante. Y en ese esfuerzo, muchas veces se pierde el mensaje central.
Comunicación 4.0
El entrenamiento de El Locutorio para convertirte en un mejor comunicador en entornos virtuales y presenciales.
¿Por qué hablamos de más? La “maldición del conocimiento”
Existe un sesgo cognitivo que explica muy bien este comportamiento: la maldición del conocimiento.
Se trata de la dificultad que tenemos para imaginar cómo es enfrentarse a una idea por primera vez, una vez que nosotros ya la entendemos a fondo.
Cuando dominamos un tema, damos por hecho ciertas conexiones, términos o datos que para nosotros son obvios, pero que para quien nos escucha no lo son en absoluto.
Entonces, en lugar de simplificar, añadimos más capas: más antecedentes, más ejemplos, más aclaraciones. Todo eso nos parece necesario a nosotros, pero la persona que escucha no tiene forma de saber qué parte debería quedarse grabada en su memoria.
Más información no siempre significa más comprensión
Aquí está el punto clave: la cantidad de información que compartimos no es lo mismo que la claridad con la que comunicamos.
Nuestra mente puede procesar y priorizar información mucho mejor cuando recibe una idea a la vez, con un hilo conductor claro, que cuando recibe un torrente de datos sin jerarquía.
Cuando saturamos a quien nos escucha, no le estamos dando más herramientas para entender: le estamos pidiendo que haga nuestro trabajo, es decir, que filtre por su cuenta qué es lo importante. Y en ese proceso, lo más probable es que se quede con menos de lo que esperábamos, no con más.
El ejercicio de cortar tu tiempo a la mitad
Una forma sencilla de entrenar la claridad es hacer este ejercicio antes de una reunión, presentación o conversación importante:
Imagina que, justo antes de empezar, ¡te avisan que solo tienes la mitad del tiempo que habías planeado!
¿Da un poquito de miedo eso? No pasa nada. Solo pregúntate:
- ¿Qué mantendrías?
- ¿Qué eliminarías sin dudarlo?
- Y si la otra persona solo pudiera recordar una sola cosa de lo que dijiste, ¿cuál sería?
Este pequeño ejercicio mental te obliga a identificar la señal dentro del ruido.
No se trata de decir menos siempre ni de eliminar el contexto o los matices que sí aportan valor: algunas ideas necesitan profundidad y detalle. Se trata de saber, antes de hablar, qué es lo que realmente importa.
Cómo aplicar la claridad en tu día a día
Llevar esta idea a la práctica no requiere grandes cambios, solo un poco de intención antes de comunicar:
- Define tu mensaje central antes de hablar. Pregúntate qué quieres que la otra persona recuerde, no todo lo que tú sabes sobre el tema.
- Ordena tus ideas por importancia, no por el orden en que se te ocurrieron.
- Practica resumir en una sola frase. Si no puedes explicar tu punto en una oración, probablemente todavía no está claro ni para ti.
- Piensa en lo que la otra persona necesita saber, no en todo lo que tú sabes. La utilidad no depende de la cantidad de datos, sino de la relevancia.
- Deja espacio para preguntas en lugar de anticiparte a todas ellas. Si algo importante queda fuera, la otra persona te lo va a preguntar.
Comunicar bien no es decir más, es decir lo que importa
La próxima vez que te prepares para una conversación importante, una presentación o una entrevista, recuerda que la claridad no depende de cuánta información compartas, sino de qué tan bien logras que la otra persona se quede con lo esencial.
Al final, comunicar con eficacia no significa saber más ni hablar más: significa tener la disciplina de encontrar qué es lo que realmente vale la pena decir, y decirlo con la mayor claridad posible.
¿Te ha pasado que, por miedo a dejar algo importante fuera, terminas hablando de más? Es más común de lo que crees, y reconocerlo es el primer paso para comunicarte con mayor claridad.
Somos el Gimnasio de la Voz y la Comunicación. Si quieres ponerte en forma como comunicador ante cualquier tipo de audiencia, conoce nuestros entrenamientos.
¡Pon en forma tu comunicación con el newsletter de EL LOCUTORIO!
*Es esporádico y puedes desuscribirte en cualquier momento*
