La muerte como objetivo

Estoy escribiendo un libro sobre la muerte y la relación con mi madre, y si todo sale como lo espero, verá la luz este año. Mi madre está bien, por fortuna, y es por eso que quiero publicarlo ahora que puede leerlo. Es posible que la idea suena etérea, confusa incluso, como que de primerazo una cosa no pega con la otra. Nunca sé explicar las cosas que estoy escribiendo, justificadas en mi boca suenan a lo que sea, y luego ya escritas podrán no ser brillantes, pero tienen al menos alguna estructura.

Pensar en nuestra muerte nos absorbe tanto que a veces no somos capaces de dimensionar lo que significa la muerte de la persona que nos dio la vida, así sea vista a futuro. Es un giro que nos cambia para siempre y en el que preferimos no pensar hasta que ya sea inminente, por eso yo he tratado de adelantarme al hecho.

Luego de escribir varias páginas al respecto, el tema se me ha vuelto obsesión, al punto de que no hay momento del día en el que no piense en la muerte: en la de mi madre y en la mía; en la de la gente que me cruzo por la calle y también en la de mi padre, que ya fue. Increíble que haya pasado una década, todavía se siente tan cercana. Por cuenta del libro me he empezado a fijar en cómo se mueren las personas, sobre todo cuando su fallecimiento es inusual. Podría decirse que hay todo un género periodístico especializado en el tema, algo que podríamos bautizar como “Muertes absurdas de personas de la tercera edad”.

Cada tanto me topo en internet con historias sorprendentes, como la de un anciano que murió al meter su cuerpo en el cubo de basura para comprobar que había reciclado correctamente; 24 horas pasaron antes de que lo encontraran sin vida. O la de una mujer de ochenta años que fue descubierta momificada en su apartamento quince años después de fallecer. Se enteraron porque en el banco vieron que sus facturas se pagaban automáticamente por la página de internet, pero no tenía transacciones corrientes como retiros o consignaciones.

Cerca de ciento cincuenta mil personas mueren a diario en el mundo, muchas de ellas entradas en años, pero salvo que seas alguien famoso o importante, tu deceso solo saldrá en la prensa si a tus amigos se les ocurre pagar por un obituario. Es eso o morir de manera inusual, como los dos casos que acabo de exponer. Caso excepcional el del fotógrafo francés René Robert, que además de reconocido murió de manera dolorosa el pasado veinte de enero. Habitante de París a sus 84 años, el pasado 20 de enero salió a dar una caminata, de repente algo aún sin determinar le ocurrió, cayó al suelo y permaneció ahí tirado durante nueves horas sin que nadie lo socorriera. Al poco tiempo murió de hipotermia.

Más allá del dolor que la muerte pueda causar, a veces debería ser vista como un objetivo más que como una tragedia. Si en vida la mayoría estamos condenados a la mediocridad y el anonimato, ¿por qué no morir de manera inusual y así dejar huella a la salida? Es que llevamos una vida tan común y corriente que la única manera de dejar marca en el mundo es morir de manera excepcional. Hablo movido por el deseo, claro, desde la comodidad de sentir lejos mi muerte. La verdad es que yo aspiro a una muerte tranquila, como cualquiera, solo que en mis fantasías más mórbidas imagino una salida del mundo rayando en el histrionismo.

Pienso en mi abuela. Nació hace un siglo, murió hace veinticinco años y hoy pocas cosas quedan de ella, es un recuerdo más entre los recuerdos olvidados del mundo. Sin embargo, no ha muerto del todo porque mientras que las personas que la conocimos sigamos existiendo, ella vivirá con nosotros. Cuando mi madre, mi hermana, sus sobrinos y yo desaparezcamos, ella se irá también y nada quedará para celebrarla. Quizá algún día alguien vea una foto suya en un álbum perdido y no sabrá de quién se trata. Eso mismo le pasará a mi madre seguramente, y eso me entristece. Quizá yo por eso escribo. Talentoso o no, leído por muchos o por dos gatos, me gusta creer que, cuando falte, líneas como estas quedarán para que alguien me recuerde. Ser querido por desconocidos es la única salida que me queda porque sospecho que los que saben quién soy ya poca estima me tienen.

Adolfo Zableh Durán es periodista y columnista de varios medios de comunicación en Colombia. Además, ha participado como coach en entrenamientos de El Locutorio.